martes, 27 de enero de 2009

ARGENTINA: AVENTURA EN "LA SALADA"


Media tarde en Buenos Aires. Me dispongo para mi nueva aventura, visitar unos de los más grandes y atrayentes mercados de Buenos Aires: LA SALADA.

La feria La Salada, catalogada por la Unión Europea como "emblema" del comercio ilegal, surgió hace 16 años cuando un pequeño grupo de ciudadanos bolivianos se instaló a vender ropa importada y comida a la intemperie. Desde entonces la feria no paró de crecer: ocupa unas 20 hectáreas y hay unos 15.000 puestos de venta ilegal de ropa, calzados, discos, películas, equipos de música, entre muchos otros rubros. La mayoría de los puestos se distribuyen entre tres grandes galpones y otros están afuera, debajo de puestos armados con maderas y chapas, a lo largo de 15 cuadras a la orilla del riachuelo. El comercio es nocturno, iniciándose las ventas desde las 8 de la tarde hasta altas horas de la madrugada.


Lugar no turístico y absolutamente no recomendado en las visitas guiadas a la ciudad porteña... pero mi viaje no es únicamente turístico, más bien un mes de convivencia y aprendizaje de la cultura argentina.

Me preparo concienzudamente para este momento. Mi acompañante me da concisas instrucciones para el viaje: llevar el bolso bien vigilado debajo de mi campera (cazadora), portar el dinero justo, dejar en casa la cámara fotográfica (esto es lo que más lamento), quitarme pendientes, pulseras o relojes y... no despegarme de su culo.

Para llegar a LA SALADA tenemos que coger tres transportes distintos: el colectivo (autobús), el tren y finalmente la Combi. Este último medio de transporte merece especial mención: la combi es una furgoneta hueca por dentro, atravesada de lado a lado del techo por unas barras para que los pasajeros puedan "agarrarse a algo" en caso de curvas sinuosas.

Un tipo baja de la combi, abre sus puertas de par en par y me pide 3 pesos por el viaje. El "tipo" es el conductor del "vehículo" y a mí en ese momento me gustaría tener la capacidad de ser un "transformer" y convertirme en agente de la autoridad y hacerle un control de alcoholemia... Meto la mano por debajo de mi campera y a la altura de mi "sobaquillo " (para los que sean más finolis le llamaremos axila) logro alcanzar el pequeño bolso que llevo incrustado (por prescripción de mi acompañante) en mi cuerpito. Aja!!! Por fin encuentro 3 pesos que tenia metido en un bolsillo del bolsillo, que a su vez está cerrado por una cremallera... dios mío!!! Pienso que esta noche se me va a hacer muy larga. Pago al señor "conductor de primera" y rezo porque no haga uso de lo que sigue en la canción... "acelera, acelera", sino más bien eso de "precaución amigo conductor" que si no me equivoco es del señor Molina (y si no lo es... me da igual... solo quiero que el "tipo de la combi" vaya despacito.... por fisssss).


Una vez dentro de la combi comienzo a contabilizar el número de personas que vamos en ella... cuento visualmente y con el dedito apuntando (que para qué carajo mis padres me dijeron una y otra vez en mi niñez... niña!! no se señala con el dedo que es de muy mala educación ... por un momento me acuerdo de mis padres ... volveré a verles o esta noche será la última de mis días?). Paro de contar cuando alcanzo el número 15 ... creo que no me interesa saber en realidad cuantos vamos en este trasto ... mejor me concentro en otra cosa ... pero mi cabeza no para de pensar "dios mío somos más de 15 metidos en esto, estamos de pie, no llevamos cinturones de seguridad ... porque mierda he crecido con esta mentalidad europa!!!, si ellos no tienen miedo ... yo tampoco debería tenerlo... mal de muchos, consuelo de todos ... o mejor dicho ... aquí si pasa algo nos vamos todos a la mierda así que o jugamos todos o la "piiiiiiiiiiii" al rio.

Por fin llegamos a nuestro destino... LA SALADA... bajo de la combi y solo me falta imitar al Papa en los viajes oficiales... desearía tirarme al suelo y empezar a darle besos... hasta de tornillo... pero en cuanto pongo mis pies en tierra firme... lo que ven mis ojos no pueden dar crédito. MILES Y MILES DE PERSONAS, en todas direcciones, multitud de gente cargados con bolsas inmensas, carros y mulas, caballos... y todo tipo de fauna entre la que me incluyo yo, por supuesto. Y un olor que nunca podré olvidar, el olor a comercio de ropa mezclado con el aroma de las especias, pochoclos, pizzas humeantes ... humanidad en estado puro, pero he de decir que me encanta!!!.

Mi acompañante me da las últimas novedades. Escucho atentamente sus palabras como si en ello me fuera la vida... espero que esto no sea literal. Ahora hay que llegar al centro de la feria, ya que nosotros estamos de un lado del riachuelo y la ansiada feria está del otro, para lo cual hay tres caminos posibles: (quisiera aclarar que los siguientes tres puntos no son de mi cosecha, he optado por buscar una fuente informativa, a la que añado algún comentario propio)

1. Puente peatonal: verdaderamente deporte de alto riesgo, porque cuando uno está concentrado en esquivar los agujeros de abajo, de repente se da cuenta que se le termino la baranda (aunque el puente sigue), y que esta a punto de hacer puenting sin cuerda.

2. Puente De las vías (si, si, habéis leído bien ... la vías del tren): Solo para muy arriesgados, ya sea saltando de durmiente a durmiente o haciendo malabarismo por los rieles, esto requiere agilidad, concentración y equilibrio, para no morir estrolado y/o envenenado en el riachuelo.

3. Reviviendo Marcos 6:48 (evangelio): El riachuelo está tan contaminado que prácticamente es sólido. El que tuvo alguna vez las ganas de caminar sobre el agua, emulando a Jesús, este sin duda es su momento, puede intentar cruzar por debajo del puente caminando, se recomienda usar suelas de plomo para que no se le desintegren los pies.

Esto me recuerda a uno de esos concursos de la tele donde te dan a elegir entre tres puertas con distinta numeración. Definitivamente escojo El puente. Mi acompañante está de acuerdo con mi elección y por un momento pienso "menos mal coño!!! al menos esta vez hemos seleccionado el camino correcto".

Andamos unos cuantos metros hasta situarnos a la entrada del puente y mi guía y fiel compañera, me repite una y otra vez estas palabras: "NO MIRES A LOS LADOS... NO MIRES NUNCA A LOS LADOS DEL PUENTE". Vale, en este punto quiero hacer una reflexión: si a mi me dicen con tanta insistencia "no mires a los lados"... en realidad mi cerebro transmite la siguiente información... "mira a los lados porque te vas a cagar de miedo... así que aleeee aventúrate a hacer lo contrario de lo que te están diciendo ... porque eso sí, te va a dar un subidón de adrenalina que olvídate tú de la montaña rusa con triple bucle boca abajo". Miro y remiro, vuelvo a mirar.. ¿Dónde está la barandilla?.


"Sigue andando no te pares, no pierdas a tu acompañante, quien carajo me dijo que viniera aquí?" es la única información que mis neuronas son capaces de transmitir. Esquivo, salto, bordeo, rehuso, evito, me agacho... todo esto en un espacio de menos de metro y medio y con el peligro de caer al agua. Conmigo cruzan el puente mi guía y la amiga de mi guía, que deciden dejarme en medio de las dos, tipo sándwich mixto, para evitar perderme entre la multitud.
Por fin llegamos al otro lado del rio, junto con tres carromatos y sus mulas, y un grupo de personas que llevan sus mercancías para venderlas en la feria.


Ahora si... A DISFRUTARRRRR. Ya que estoy aquí y me he enfrascado en esta aventura, quiero disfrutarla. El paisaje que tengo delante es increíble. Jamás en mi vida había sido testigo de semejante espectáculo y sin duda, no creo que vuelva a este sitio, así que ahora toca empaparse de todo lo que me rodea. Miles de puestos con mercancía principalmente textil, que ponen de manifiesto que ya ha comenzado el verano en Argentina. Los puestos ambulantes de comida están a pleno rendimiento y la gente se agolpa de galpón en galpón haciendo siempre la misma pregunta "¿y esto cuanto?". Los precios de los artículos son bajos, muy bajos y los compradores que a su vez son comerciantes comienzan a llenar sus bolsones para luego realizar la reventa, días después, en sus pueblos y ciudades. Los puestos se sitúan en hileras numeradas y entre ellos, un minúsculo pasillo, con la distancia justa para que pueda pasar una persona y un carro. Entre gritos de "permiso" y "cuidado" realizamos algunas compras, eso sí, yo hablo poco porque según me dicen al ser española mi acento me delata y los precios para mi pueden ser más altos. Parezco idiota entre tanta gente, casi no hablo pero observo atenta. Mi cabeza, el disco duro de mi memoria, comienza a grabar imágenes, escenas, momentos y olores...


Mi paseo por la salada trascurre entre las prisas, el griterío y los empujones. Para reponer fuerzas, comemos un alfajor (purita bomba energética) según andamos, no podemos pararnos a cenar porque, al parecer, la comida en estos sitios no es muy recomendable. En un momento me encuentro formando parte de una avalancha humana, entre dos coches que no tienen intención de parar y un carro de comida rápida delante de mis narices, hasta ellas llegan el calor de los carbones encendidos. Rauda y veloz una de mis acompañantes me rescata agarrándome de la pechera de mi campera y tira de mí con una fuerza desmedida. No me explico de dónde ha sacado esta mujer las fuerzas, apenas mide metro y medio como yo, pero mi pregunta obtiene una rápida respuesta… alfajor =bomba energética. Creo que me voy a llevar para los madriles unos cuantos kilos de alfajores… leche!!! Yo con esto escalo montañas!!!.


Compro diferentes mates tallados a mano, ropa hindú y sandalias que seguro haré buen uso de ellas para el próximo verano de Madrid.


Después de más de 6 horas pateando la salada, llega el momento de la vuelta, eso sí, esta vez tenemos la enorme suerte de disponer de un alma caritativa que nos acercará en coche hasta nuestro lugar de destino. Además, ya no me quedan fuerzas para dar un paso más (he debido metabolizar hasta el último trocito de alfajor) y mucho menos para enfrentarme de nuevo a la aventura de la combi.


Salir de la salada se convierte en una procesión de coches y sus consecuentes atascos… pero rozando las 2:30 de la madrugada llego a casa, con unos cuantos kilos de ropa en mi mochila y uno pocos pesos menos en la cartera.


Me reclino en la cama y mis palabras antes de cerrar los ojos son “que feria más salada”.